jueves, 14 de mayo de 2015

Brevet de 400 km - Algete-Almazán - 9 de Mayo de 2015

Entramos en la fase más intensa de preparación para la París-Brest-París, con la celebración de las brevets más críticas. La distancia de 400 kilómetros suele considerarse un verdadero reto, porque es la más larga que se hace habitualmente sin un breve descanso para dormir.

Las brevets de 600 kilómetros se suelen dividir en dos etapas con un descanso para dormir, aunque sea sólo 3 ó 4 horas. Sin embargo, una brevet de 400 kilómetros realizada a un ritmo sostenido y sumando las paradas necesarias, se alarga prácticamente durante un día completo, incluida la noche. Esto es aún más duro en aquellas que comienzan por la tarde. Por suerte, no era el caso. 


A las 6:00 h. de la mañana dio comienzo la Brevet. En este caso, la presencia de varios compañeros del Pakefte nos hizo tomarnos la ruta con tranquilidad, pensando en rodar en grupo, haciendo paradas cortas. En el camino nos iban adelantando algunos grupos, pero en las paradas los adelantábamos nosotros, optimizando el tiempo para sellar los carnets de rutas, comer algo, cambiarse de ropa si fuera necesario, etc...




Amaneció muy pronto. Se notaba la llegada del verano y una buena temperatura que, temíamos, podría convertirse en calurosa a mediodía. Pero una ligera brisa y algunas nubes impidieron que la temperatura se elevara demasiado. 


La verdad es que fue un día fantástico para el ciclismo, y apenas hubo que abrigarse un poco cuando la noche se cerró sobre el valle del Tajuña, en los últimos 100 kilómetros de ruta.

Llejamos al primer control, en  Jadraque, formando parte de un grupo bastante numeroso, con el grueso de los ciclistas del GDC Pueblo Nuevo. De allí salimos Agustín, Antonio y yo (José) un poco antes que los demás. En la zona de meseta llegando a Atienza nos adelantaron, pero nosotros hicimos una parada más rápida, aprovechando para repostar en la fuente de Atienza, y volvimos a salir antes. 



El tramo de Atienza a Berlanga de Duero fue una auténtica delicia cicloturista. Había pasado dos veces en mi vida por allí, pero siempre de noche. Esta vez tuve la oportunidad de disfrutar de preciosas vistas de Atienza y de las masas de rocas calizas en los cerros próximos, plagados de toboganes que de día se hacían más duros. Los buitres estaban encaramados en las rocas más altas, supongo que a esas horas y en ese sitio no había corrientes térmicas de esas que les hacen planear durante largo tiempo.

Llegamos a Berlanga de Duero, en el kilómetro 160, donde hicimos parada oficial para comernos un bocadillo de jamón con tomate, y seguimos hacia Almazán, por un tramo de muy buena carretera, llano con ligera tendencia descendente y algo de viento trasero. Volamos por la ribera del Duero.




Desde Almazán (kilómetro 190) iniciábamos la subida a los Altos de Baraona, un tramo largo y pestoso, con inacabables rampas de escasa pendiente. Paramos en la fuente de Baraona, un lugar tradicional, donde volvimos a encontrarnos con el grupo principal del Pueblo Nuevo. 

El terreno hasta Sigüenza era favorable, pero Antonio sufrió un pequeño bajón que le obligó a descansar un poco. Se recuperó en la Churrería Irene, otro de los lugares de parada obligatoria, donde ¿cómo no? también estaban todos los de Pueblo Nuevo y nuestro compañero Juan, que sabía que pasaríamos por allí y vino a acompañarnos un rato, aprovechando para sacarnos unas estupendas fotos. 




Acabamos con las existencias de empanada y aprovechamos para descansar algo más de tiempo de lo debido, gracias al pinchazo de la rueda trasera de Agus. A partir de aquí formamos un grupito de cuatro, muy bien avenido. 

La tarde se echaba encima y empezaba a refrescar, pero todavía teníamos luz suficiente para llegar al siguiente control, en Masegoso de Tajuña (kilómetro 288). La subida desde el río Dulce hasta el cruce de la A-2, en las inmediaciones de Mirabueno, nos regaló espléndidas vistas del valle, iluminado por esa luz vespertina, casi horizontal, que aviva la luminosidad del paisaje y realza las fotografías. Pero no teníamos tiempo para detenernos a apreciarlo. Queríamos llegar al control antes de que anocheciera.

En el restaurante de Masegoso tuvimos que hacer una parada algo más larga de lo normal para recuperarnos del cansancio acumulado, que ya era importante. 


A la salida tuvimos que vestirnos con toda la ropa de abrigo, manguitos, perneras, chaleco y guantes largos. La temperatura bajaba rápidamente por el valle del Tajuña. Estábamos a 112 kilómetros de meta todavía, cuando se hizo noche cerrada.

Pusimos un ritmo cómodo para todos y nos dejamos llevar. La ausencia de viento en esa zona se agradece mucho, porque lo habitual es encontrarnos con viento en contra, encajonado por el valle. Pero la madrugada suele traer una pequeña tregua en el viento, y la disfrutamos bastante. Nunca había pasado por el valle del Tajuña de noche. Volvimos a pasar por ese pueblecito de casas excavadas en cuevas, con ventanas por las que se apreciaban unas tenues luces rojizas.

Paramos en la tradicional fuente de Armuña de Tajuña cerca de la medianoche, donde nos rodeó un grupo de niños que jugaban en las calles, asombrados por el paso de tantos ciclistas. Nos miraban boquiabiertos cuando les contábamos que todavía nos quedaban 60 kilómetros para llegar a meta, y que ya habíamos recorrido 340.

El resto del camino no tuvo mucha historia, la típica subida a Pozo de Guadalajara, que hicimos al tran tran, seguida del Gurugú y el infierno de rotondas y carreteras desdobladas por la circunvalación de Alcalá de Henares para llegar a Daganzo, donde había varios grupos de jóvenes de fiesta, y Cobeña, donde parecía haber una macrofiesta con música machacona que se oía en varios kilómetros a la redonda. 

Desde la Meta de Algete todavía se oía la música de Cobeña cuando eran las 3:40 h. de la madrugada y completamos los 400 kilómetros de la prueba.

"Y muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía todavía escuchaba la música de Cobeña..." ¡¡Ah, no!! ¡¡Que esto no es de esta crónica!! Lo de ésta fue algo más de 18 horas para recorrer 401 kilómetros con 3627 metros de desnivel acumulado, y algo más de 3 horas de paradas. Fue una jornada de randonneurismo como las de antaño, y la disfruté de verdad.

martes, 12 de mayo de 2015

Hop Garden 200

Pues nada ayer al final me hice un 200, ocho semanas justas después de mi caída.

El fin de semana pasado había salido dos veces con la bici. Una el domingo a dar una vuelta por Richmond Park yo sólo y otra, el lunes, que aquí fue fiesta, a dar una media vuelta por Richmond Park con Carmen y las niñas. 48 kilómetros en total y el Miércoles por la noche estaba todavía tan cansado que pensé en dar por acabada la aventura de la PBP. Menos mal (o no) que me acosté y esperé a ver que tal me encontraba al día siguiente.

El Jueves trabajé desde casa y el viernes ya estaba mucho mejor, el Sábado me encontraba tan bien que decidí que me presentaba en la salida. Mi razonamiento fue, si no lo pruebas nunca sabrás si puedes o no. Otra de las decisiónes que tomé fue que no iba a tomar gelocatíl o paracetamol porque quería ser totalmente consciente del dolor que sintiese para poder decir basta sin hacerme daño a la pierna.

En la salida estaba tan concentrado en mis propios sentimientos que tres conocidos me llamaron la atención después de haberme cruzado con ellos sin haberlos reconocido. Estaba muerto de miedo, nunca he estado tan acojonado por una salida en bici.

Supongo que por costumbre cuando nos dieron las últimas instrucciones estaba entre los primeros ciclistas preparados para salir. Pero a los 100 metros, en cuanto llegó la primera "cuesta" (lo entrecomillo porque en realidad no era más que una rampita) ya tuve que meter todo, 34x28, y me empezaron a pasar ciclistas. No llevábamos ni tres kilómetros y ya iba el último. No me preocupé, con eso ya contaba.

Lo que me preocupaba era que según el track del GPS la ruta tenía 2.481 metros de desnivel y no tenía yo nada claro cómo me iba a responder la pierna.

Sobre el kilómetro 17 ya lo tuve claro, en una cuesta corta, pero empinada tuve que poner el pie a tierra. Tres ciclistas que acababa de adelantar mientras estaban parados quitándose el chaleco me pasaron dándome ánimos en plan "venga que tu puedes". Pues oye, que me volví a subir a la bici y si que pude. 

A partir de este punto ya sabía que iba a ser un día duro. Kent, el condado por donde circulábamos no es precisamente llano pensaba yo cada vez que aparecía la más mínima rampa y me veía obligado a meter todo y a arrastrarme cuesta arriba.  

Sobre el kilómetro 40, en otra cuesta, esta ya de más entidad, tuve que volver a echar el pie a tierra. No podía hacer tanta fuerza con la pierna. Aproveche para comer mientras caminaba colina arriba. En realidad fueron unos 20 metros. Bueno, unos 50; tirando a 100. Pero en esos 200 metros nadie me vió con lo que negaré haber caminado 300 metros hasta que la pendiente se hizo más llevadera. Nadie me vió por poco porque estando en la cumbre parado tomando nota de la respuesta a una de las preguntas aparecieron dos ciclistas jóvenes que había adelantado porque uno de ellos había pinchado. Nos saludamos rápidamente antes de que yo me pusiese en marcha.

Curiosamente la cosa mejoró a partir de ese punto. Lo mismo es que subieron las temperaturas, lo mismo es que la pierna calentó, pero lo cierto es que me encontró bastante mejor. Seguía arrastrándome cuesta arriba, pero ya no tenía que poner el pie a tierra. Llaneando conseguía mantener una velocidad de crucero decente dadas las circunstancias y bajar bajaba como siempre (cosa no trivial porque he tenido que vencer el miedo a caerme).

En un momento dado me adelantaron esos dos ciclistas con los que había coincidido en lo alto de la colina. En el momento que me adelantaban girábamos a la izquierda y empezaba una subida. Uno de ellos calculó más la pendiente, cambió mal y rompió la cadena. Arrastrándome a 6 km/h les pregunté si tenían trocha-cadenas y como contestaron que si les dije que yo seguiría que rodaba muy despacio. Ya siento haber sido tan insolidario, pero es que yo no tenía tiempo que perder.

En este plan llegué al control del km85. Reconocí el café donde teníamos que sellar porque es también un control del Oasts and Coasts 300, el 300 que he hecho los dos últimos años. Eran las 12:58 y había una docena de ciclistas comiendo, pero mi plan no contemplaba parar, tenía una media hora de colchón y seguramente lo necesitaría al final del día. Sellé, envíe un mensaje al WhatsApp y me dispuse a ponerme en marcha. Con tan mala suerte que la bici se movió, el cable del plato se enganchó y se salió de su guia. Aflojo el tornillo que sujeta el cable, vuelvo a meter el cable por su guia y cuando voy a apretar el tornillo va y se rompe cual palillo. ¡Ostras! ¿A ver si voy a tener fuerza sobrehumana en las manos y no me he dado cuenta? He de reconocer que mencioné algunos santos mientras anudaba el cable y dejaba el desviador en el plato pequeño. He perdido 15 minutos en la operación.


Por la dirección que toma la ruta caigo en la cuenta que viene una zona muy llana, en ese momento se me viene a la cabeza el perfil y recuerdo que si, que había una zona de muchos kilómetros muy llana, una zona ideal para rodar a buena velocidad con el plato grande; si lo tuviese. Todavía estaba mentando santos cuando va el Garmin y se apaga. 

Nada más apagarse volvió a encenderse, pero eso no evitó que ahora mis menciones al santoral fuesen en voz alta, aunque en español para no herir la sensibilidad de quien me pudiese escuchar, que siete años de ejercito me han dado un repertorio muy completo.

Bueno, que me calmo un poquito y después de cinco minutos va el Garmin y se rearranca de nuevo. Pero así, sin venir a cuento. Y por si esto fuera poco, doy un giro y quedo en una llanura totalmente desprotegida y, como no, con mucho viento.

Desde la distancia pienso que no me lo tomé muy a mal. Casi que me alegré de comprobar que no iba a necesitar el plato grande porque con el pequeño me bastaba y me sobraba para rodar a los 22-24km/h que era capaz de mantener.

Y fui capaz de mantener esa velocidad por media hora o así, pero en una de estas un giro me puso directamente cara al viento y mi velocidad bajó directamente a 18 km/h a la vez que caí en la cuenta que llanear tiene el problema de que pasas mucho tiempo sentado y eso significa que mi culo, perdida la costumbre de ir en bici, empieza a quejarse. Y empieza uno a sentirse incómodo sobre la bicicleta, y le da a uno por pensar que sólo tiene hecha la mitad de la ruta, incluso echa uno de menos las cuestas y es en ese momento en el que empecé a pensar que esto es una locura. Que qué más da que acabe este 200 si en dos semanas tengo un 600 y tengo que escoger entre uno con 8.000 metros de desnivel y uno llano pero con amenaza de viento. Fue una buena crisis.

¿Cómo se sale de una crisis así? Pues yo no se los demás, pero a mi me dió por pensar en un bocadillo de chorizo. Es un tema recurrente, me da por pensar en bocadillos de chorizo cuando estoy en crisis montando en bici. No se, me distrae la idea del sabor ligeramente picante mezclado con pan tierno. Como no tenía un bocadillo de chorizo a mano y las posibilidades de encontrar uno por la zona eran cero patatero me consolé comiendome una bolsa de Haribos.

A lo tonto a lo tonto, para cuando llegué al control del kilómetro 137 ya había recuperado tiempo y tenía casi una hora de colchón. Claro que la camarera del café donde teníamos que sellar se ocupó de bajarme el bacilón con rapidez diciendome "yo querría darte ánimos, pero te quedan 45 millas y se te ve muy cansado". Me quedé sin palabras que contestarle. Me salió un resoplido que confirmó que estaba cansado y procedí a sentarme a comerme un scone con una taza de leche. Empezaba a moverme con la agilidad de robocob.

Al ir a ponerme en marcha un ciclisa que estaba sentado tranquilamente en la terraza se acercó a preguntarme por el e-werk. Algo comentó de que estaba pensando en comprarse uno para una ruta que iba a hacer. Le contesté con mi mejor versión de respuesta breve y concisa, pensando en ponerme en marcha, pero se ve que el tio tenía ganas de charla porque empezó a preguntarme por detalles. Que si podría cargar un iPad, que si sería mejor una batería recargable, que por que un E-werk USB y no uno normal. Preguntas todas ellas muy válidas y a las que yo entraría al trapo muy gustosamente pero con la mente puesta en el tiempo que estaba perdiendo no podía pasar de respuestas lo más cortas y precisas posibles. Al final no creo que llegase a cinco minutos la conversación y no estoy muy seguro de si quedé como un tanto borde, pero es que me fastidiaba porque sabía que diez minutos más tarde me adelantarían, él y su grupo, tan tranquilos en lo que para ellos era claramente un paseo y lo que para mi era toda una prueba de estrategia, ritmo y cabezonería.

En estas que toca un giro a la izquierda y recuerdo que en esta parte se trata de ir hasta un punto, contestar a una pregunta (Peso máximo de vehículos sobre el puente) y luego volver al mismo punto para seguir la ruta. Por lo que veo en la hoja de ruta son unos 6 kilómetros de ida y unos 6 de vuelta. Nada más girar veo a un grupo de cinco chicas que ya están de vuelta. Nada más que nos cruzamos se me pasa por la cabeza el preguntarle la respuesta al próximo ciclista que me cruce, pero descarto la idea. ¿qué sentido tiene venir hasta aquí para hacer trampa por 12 kilómetros?

Claro que tan noble pensamiento flaqueó lo suyo cuando veo que empiezo a bajar y a bajar y a bajar. Lo de que la pregunta esté relacionada con un puente me hizo pensar que seguiría bajando. Pero no, fíjate tu que en un momento dado la carretera volvió a subir y a subir; bastante empinada la cabrita. Y yo, iluso de mi, pensé "lo mismo es un puente sobre una carretera o una via del tren". Pero no, después de esa subida vino otra bajada, más empinada si cabe y obviamente la carretera llegó a un puente sobre un rio. Puente prohibido a vehículos de más de 18 toneladas. En el mismo puente me encontré con dos ciclistas (aquellos que uno de ellos había roto la cadena) que al verme exclamaron "esto es tortura". Pues si, no se me ocurre otra mejor forma de definirlo, pero con total resignación metí el 28 y venga pa'riba a 6 km/h.

La cosa no mejoró sustancialmente una vez de vuelta a la ruta. Detrás de una colina venía otra y detrás de esta otra y ahora resulta que echo de menos el llano. Ya no se ni lo que quiero. Bueno si, lo que quiero es que sea cuesta abajo todo el tiempo, aunque no pueda meter el plato grande.

El control del kilómetro 169 era en un sitio en medio de la nada, en un jardín entre árboles, con una terracita donde me ofrecieron gratis (incluido en las 6 libras de la inscripción) un bollo y un café o un té (leche para mi). Tenía una hora y cuarto de colchón y me quedaban 40 kilómetros. Es decir tenía tres horas y media para hacer 40 kilómetros. Sabía que la ruta tenía traca final por lo que no podía entretenerme mucho, pero si que tenía tiempo para sentarme un ratito y charlar con dos ciclistas que me habían estado adelantando todo el tiempo (ellos paraban más que yo y rodaban un poco más rápido que yo. No los de la cadena rota y lo de "esto es tortura", esos eran otros a los que no volví a ver). Me preguntaron de donde era (a pesar de que mi acento lo deja muy claro) y en mi zona de España había montañas. Pues claro coño, que soy de Asturias, las montañas son donde yo disfruto. "entonces esto te parecerá fácil" contestó uno. "Bueno verás" empecé yo, y les conté la historia de mis últimas ocho semanas. Se quedaron un poco flipados pero lo bueno es que entendieron a la perfección el que me levantase y les dijese que me tenía que ir que no podía parar mucho más tiempo. Uno de ellos me dijo, los primeros 20 kilómetros son favorables, los últimos 20 son duros. Pues ya me quedo yo mucho más tranquilo, pensé para mi. 
Lo de los 20 primeros kilómetros favorables era cierto, lo de los últimos 20 duros tenía toda la pinta nada más que vi la primera colina que tendría que subir. Por suerte a esta altura de la película ya me podía poner de pie sobre la bici con una cierta soltura y eso ayuda; mucho. Aun así coroné pidiemdo la hora aun a sabiendas de que todavía me quedaba una colina más, la última colina. 

Vamos a ver, no es que fuese nada del otro mundo, unos 3 kilómetros con desniveles entre el 8 y el 10%. La típica broma que te ponen en el kilómetro 200 y te hace gracia. Pero a mi me costó dios y ayuda subirla. Toda la subida con el 28 metido, prácticamente toda la subida de pie sobre la bici. Cuando coroné no me podía creer que lo había conseguido sin poner el pie a tierra. Estaba echo polvo eso si, pero también un tanto contento. Sobre todo porque de aquí to'pa'bajo.

Encendí las luces en marcha porque ya se hacía de noche, pero no me moleste en ponerme la luz del casco ni el chaleco para no parar, total ya estaba llegando. 

¡Qué bien me sentí bajando! Esa tranquilidad que te da saber el que ya estás a una distancia tal que incluso si tuviese que caminar llegaría antes del cierre de control. El relax de no tener que dar pedales y poder levantarte ligeramente de la bici para darle un descanso al culo. Y de repente...

Aparece ante mi una rampa que arrancó un resoplido de desesperación. "JO-DER" dije en alto marcando las sílabas consciente de que no había ni un alma alrededor. Lo que tenía ante mi era White Hill. Lo de hill es porque aquí a cualquier cosa llaman hill porque según Strava son 300 metros al 9% (¡300 metros! y le llaman hill). Pues sea lo insignificante que sea a mi me pareció el Tourmalet. Lo subí entero de pie sobre la bici y lo coroné gimiendo en voz alta. La idea de que ahora si que si todo sería pa'bajo se me cruzó por la cabeza, pero ya no me fiaba. Me dispuse a bajar a la búsqueda de señales de la próxima subida.

Pero no, no hubo otra subida. Enseguida salí a la carretera general y aquí ya sabía yo que todo era pa'bajo.

Bueno no. 

Justo la salida de la general para entrar al control final es un repecho de 20 metros (bueno, lo mismo son sólo 10) que, como no, empecé a subir con el 11 metido y no fuí capaz de bajar piñones lo suficientemente rápido. Acabé poniendo el pie a tierra por tercera vez en el día. Fíjate tu que ese detalle me mosqueó un poco. Menudo inutil. 

Me volví a subir a la bici y recorrí los escasos 100 metros que me faltaban hasta el control. Apoyo la bici en un banco a la entrada, apago el GPS (se me olvida sacarle una foto), me quito los guantes, el casco, las gafas. Poco a poco me voy enderezando, saco la brevet de la bolsa y entro en el control. Había unas seis personas, dos de ellas eran los ciclistas con los que había charlado en el último control. Cuando me ven entrar todos me aplaudieron. Se ve que se habían preocupado de contar el cotilleo. 

Agradecí el gesto a la vez que me sellaban la brevet, 20:58. Me habían sobrado 32 minutos. Pregunto si soy el último y para mi asombro me dicen que no, que todavía faltan dos por llegar.


Me siento, tomo una taza de leche con galletas pero enseguida me levanto y me despido. Si siguo mucho tiempo sentado me voy a quedar frio y no podré moverme. Quiero llegar a casa cuanto antes, comerme un bocadillo de chorizo, darme una ducha y acostarme. Estoy realmente muy, muy cansado.

Después de una buena noche de descanso hoy ya estoy muy recuperado y seguro que mañana ya estaré totalmente recuperado del esfuerzo. Por ese lado estoy encantado con la experiencia. Pero por otro me abre la puerta a un mar de incertidumbres.

En dos semanas tendría que hacer un 600, pero ¿tiene realmente sentido? ¿cuanto puedo mejorar en dos semanas? Porque a ritmo de 13 horas por 200 kilómetros eso significa hacerse un 600 sin dormir, suponiendo que fuese capaz de aguantar ese ritmo por casi 40 horas, lo cual es mucho suponer, sobre todo teniendo en cuenta que tendría que rodar toda una noche. Después de ver lo duro que se me ha hecho un 200, la perspectiva de hacer un 600 se me antoja realmente complicada. Tendré que ir viendo como evoluciono y medir muy, muy bien mis fuerzas para no acabar haciendo una tontería.

A cuidarse
Javier Arias González

La ruta en Strava

lunes, 20 de abril de 2015

Las fuentes del Randonneur - Brevet de 200 km en Salamanca

Pues el despertador no sonó, porque me desperté un poco antes, a las 4,30 de la mañana, para terminar de preparar todo, pero también cuentan los preliminares: el sábado, partido de tenis a cara de perro, para luchar por un puesto entre los 4 primeros del Campeonato gotenis, Segunda División, grupo b -www.gotenis.com-, que terminé perdiendo en el taibreak del tercer set. Dos horas y medias extenuantes, pero mucho mas suaves de lo que me esperaba: ir a Ikea para devolver algunas cajas y poder comprar otros artículos imprescindibles. Visita al Leroy Merlín, vuelta al Ikea a comer albóndigas de carne de caballo y rematar la tarde en la exposición, volviendo a casa a descargar lo comprado. Preparar las cosas del día siguiente, y acostarme cerca de la 1.

Con Josu en el coche charlando sin parar, llegamos a Salamanca, al lado de la puerta de Zamora y buscamos el lugar de inscripción. Saludos a Paco, a Gene, a Ramón, a Pepe y a algunos mas. Da gusto volver a ver a determinadas personas.


Salida hacia Zamora, por las zonas de sube y baja habituales en esa dirección, recordando cuando hice ese camino a la inversa en el 600 de hace 4 años, después de la tormenta, junto con Edu, Agus y Buje. Llegada a Zamora y a escape hacia otra zona aún peor de sube y bajas con campos verdes y amarillos por todas partes. Entramos en La Hiniesta porque tiene un pórtico muy bonito, acompañado de una buena cuesta. El tiempo, fresco y con nubes muy oscuras.  Sellamos en Carbajales de Alba, con 94 km hechos, un café y sandwich y medio que llevaba en la bolsa, y seguimos hacia una zona aun mas bonita que la anterior, ya en los Arribes del Duero: espectacular paisaje, espectaculares obras públicas, puente diseñado por Eiffel y subida de unos 3 km que no parecía acabar nunca. Ahora ya hace mas calor.

Llegamos a Moralina y algunos se quedan a comer algo. Continúo con Paco y Gene hacia Bermillo y alli paramos a tomar un bocadillo: en el bar, la dueña me dice que "bocadillos hay si los hago, porque no se si los haré..." Me hace uno de tortilla (menos de 1 piñón), cocacola y tiramos a subir hacia Almeida, donde está el penúltimo control. Sellamos, tomamos café rápidamente y salimos escapados hacia Salamanca. Antes, una carretera gotosa-botosa, que pone a prueba el nuevo dispositivo para sujetar móviles al manillar. A un ritmo muy vivo seguimos por la comarca de Sayago, con sus típicas vallas de losas de granito apretando en cada cuesta y tirando fuerte en el llano. Cuando nos quedan 37 km me entero que Roberto ya ha llegado a Salamanca.

Un poco antes de salir a la nacional, me descuelgo porque aquello es demasiado para mi. Además, ando con un calambre que me viene y me va en la zona femoral de la pierna izquierda, que me obliga a cadencias altas en las subidas para no forzar demasiado. La cuesta del Helmántico hace que me arrastre un poco, pero ya estamos tan cerca que todo da igual. Llegada a la gasolinera gloriosa de la puerta de Zamora, creo que eran las 19,10 de la tarde.

Lo mejor: sin duda, volver de nuevo al randonerismo como lo aprendí hace años, con los Amigos de la bici de Salamanca, con su estilo, a su forma que siempre he querido que fuera la mía. Paisajes espectaculares, sin tráfico, día de sol sin demasiado calor. Beber de las fuentes del Randonner.

Lo peor: esos calambres desde el km 120 que me anduvieron molestando y fueron a mas en cada subida de la parte final.

El resumen: hoy no me duele mas que el culo, pero me noto bien de piernas y de ánimo para afrontar el próximo 300.

¡Qué difícil es hacer 200km en bici!

Antonio González. 



Foto: París-Brest-París 2003, con los Amigos de la Bici de Salamanca

lunes, 13 de abril de 2015

Cuando el esfuerzo llega casi a sufrimiento - Brevet 300 km Algete - 11 de Abril de 2015

El sábado 11 de Abril se celebró una de las dos brevets de 300 km convocadas por el GDC Pueblo Nuevo para la temporada 2015. 

El Pakefte no faltó a la cita, representado por gente de todos los niveles. En cabeza, Roberto y su reclinada (a quien algunos testigos presenciales confundieron con un avión en vuelo rasante al pasar por la remozada carretera camino de Sigüenza). Cerrando el grupo, quien redacta este escrito, José Antonio Jiménez, escoltado por Eduardo Soler, de Ciclocubín, junto con otros compañeros, Agustín y David. En el tramo desde Fuencemillán hasta Atienza estuvimos acompañados por Juan, un invitado de lujo que quiso unirse un rato.

Y es que para mí la prueba empezó con bastantes incertidumbres, debido a las molestias causadas por un virus estomacal que me atacó el viernes, dejándome sin poder comer en todo el día y con una debilidad notable.

A pesar de todo quería intentar hacer la brevet a ritmo "vivo", como me había propuesto originalmente, es decir, entre 23 y 24 km/h de velocidad media, y arranqué la brevet con la intención de mantenerme en un grupo que me pareció adecuado, en el que destacaba la presencia de José María Benayas y la pareja de propietarios de la tienda Ciclowork, Andrés y Susana. Agustín y Eduardo se integraron perfectamente, pero David no empezó muy bien y se quedó atrás.


Cuando llegaron las primeras rampas, en la zona de Valdenuño, el sol ya iluminaba los campos, que lucían el esplendor de la primavera. Ahí empecé a constatar que mi estado físico no era el óptimo para afrontar un reto como los 300 km, pero decidí seguir con el plan previsto y conté para ello con la inestimable colaboración de Agustín. La idea era hacer paradas cortas y eficaces, tratando de comer en ruta puesto que llevábamos suficientes provisiones. En Fuencemillán se unió a nosotros Juan, quien nos acompañó hasta las inmediaciones de Atienza. En el control de Jadraque decidimos no parar a comer en el restaurante (porque Agustín y yo llevábamos comida suficiente), pero Eduardo sí necesitaba una parada más larga y se quedó desayunando con el grupo de Benayas. Como iba sobrado de fuerzas sabíamos que podíamos salir por delante, y él nos recuperaría el terreno. Justo antes de llegar a Atienza nos alcanzó el grupo con Eduardo, y la historia se repitió. Volvimos a salir de Atienza antes que ellos, tomando el camino de Sigüenza. Pero las cosas se estaban empezando a torcer. Mis piernas ya no respondían y no era capaz de adaptarme a ningún grupo. Rodaba a mi ritmo (muy lento) y me parecía que el viento soplaba todo el tiempo en contra (en realidad daba lateralmente). Eduardo y su grupo nos alcanzaron a unos diez kilómetros de Sigüenza. El grupo siguió hacia delante, pero Eduardo se quedó con nosotros. Juan pinchó sin que nos diéramos cuenta, y nos mandó un mensaje, pero no pudimos verlo hasta un rato después. Pensábamos que nos iba a alcanzar, pero no fue así porque sufrió un segundo pinchazo y decidió regresar a casa.


Mis recuerdos del tramo entre Sigüenza y Masegoso son vagos, porque mi mente estaba concentrada en mantener un ritmo digno y optimizar el pedaleo contra el viento. En esta zona el punto más relevante es la subida desde el río Dulce hasta la vía de servicio de la A-2, un tramo que realicé despacio, mientras Agustín y Eduardo se me iban perdiendo en la distancia. Justo al pasar el cruce de Mirabueno fui sobrepasado por varios grupos, uno de ellos con Manolo Morente y Bea, mis compañeros de la brevet de 1000 km del pasado año. También me adelantó David, que se había recuperado de su bajón inicial. Seguía sintiendo cansancio, dolor de estómago y un pinchazo preocupante en la rótula derecha.

En el control de Masegoso de Tajuña viví la experiencia más agradable de la jornada. Cuando me acercaba a mi bicicleta para reanudar la marcha me abordó un joven ciclista diciéndome "¡Es curioso conocerte en persona!". Creo que se llamaba Miguel, aunque yo no estaba en las mejores condiciones mentales para recordarlo. Me dijo que llevaba tiempo siguiendo mi blog y el del Pakefte, y que en buena medida se había aficionado al ciclismo randonneur por nuestras crónicas. Fue todo un detalle y un pequeño subidón moral para mí saber que estas pequeñas batallitas le hayan podido interesar alguna vez a alguien. Miguel se había integrado en un grupo bastante fuerte, el del CC Chamartín, con José Manuel Andrey, y se le veía muy bien, especialmente teniendo en cuenta que era su primer 300. Me hizo notar que, en su opinión, estábamos llevando un ritmo bastante alto en esta brevet... lo cual era evidentemente cierto. A pesar de que mi estado no era nada bueno, seguíamos manteniendo una media de casi 24 km/h en ese punto, y el total de tiempo acumulado en paradas, registrado en mi GPS, no llegaba a una hora. Estábamos en el kilómetro 187, a falta de 113 para meta.


En Masegoso enfilábamos el valle del Tajuña, el momento más esperado de la jornada, porque la pendiente va siendo favorable durante más de 50 kilómetros, y porque esperábamos que el viento fuera favorable, ya que se suponía que iba a soplar del Este durante todo el día. Nada más salir del control nos dimos cuenta de que algo no cuadraba. Rodábamos a buen ritmo pero no notábamos el supuesto viento favorable, sino más bien algunas rachas laterales de dirección variable. Conseguimos formar un grupo con ciclistas que íbamos recogiendo por el camino, en un pelotón bien guiado por Agustín y Eduardo. Más o menos a la mitad del valle, a la altura de la mística sede de los Hare Krishna, el viento roló definitivamente y se puso a soplar con fuerza... del Suroeste... es decir, en contra, frenando nuestro avance ostensiblemente. En ese punto me quedé solo con David, pero no era capaz de seguir ninguna rueda, así que tiré de oficio y decidí seguir a mi ritmo, con paciencia y tratando de olvidarme del viento. En la gráfica de perfil y velocidad se percibe claramente el bajón que sufrí desde entre el kilómetro 225 y 250 aproximadamente, un bajón del que ya no me recuperaría hasta la meta.

De esta forma el famoso valle del Tajuña volvió a cumplir una vez más uno de los mitos de las brevets, y es que el viento siempre sopla en contra, independientemente de las previsiones meteorológicas. Sólo recuerdo haber pasado por ahí con viento a favor en una brevet de 300 en el año 2010, y sin viento en la brevet de 1000 km de 2014. Ninguna vez más.
Tras subir penosamente el puerto del Pozo de Guadalajara nos tomamos un pequeño descanso para reponer fuerzas y pasar juntos por las complicadas rotondas y autovías de Alcalá de Henares. David se marchó por delante, y volvimos a quedarnos los tres ciclistas que hicimos casi toda la jornada juntos. Así llegamos a Algete poco después de las 20 h, como puede verse en la pantalla de mi GPS. Sin embargo, la persona encargada de recepcionarnos en el polideportivo de Algete marcó en mi carnet de ruta las 21:21 h. Creo que fue un error, que no tiene mayor importancia, puesto que el límite oficial permitía llegar hasta las 2 de la madrugada, pero no me di cuenta en el momento.
Allí nos encontramos con David, que acababa de llegar, y con Raúl, un compañero de su club que había venido muy fuerte y se había ido por delante casi desde el principio de la prueba.

Y, a pesar de todo, conseguí cumplir con el objetivo inicial de mantener una velocidad media superior a 23,1 km/h en movimiento, o algo más de 21 km/h si se suma el tiempo en paradas. No era mal resultado. Fue el momento de descansar definitivamente, tras una de las brevets más sufridas que he realizado. Yo siempre digo que no me he metido a ciclista para sufrir. Creo que la palabra "sufrimiento" no es la más apropiada porque tiene connotaciones negativas. En todo caso, me gusta más la palabra "esfuerzo", es decir, hay que pasar por situaciones en las que hay que dar algo más de uno mismo y trabajar para conseguir algo, pero la satisfacción y el disfrute por el premio conseguido es superior a las malas sensaciones vividas en algún momento. Y si las cosas se tuercen, hay que sacar el sentido positivo que tienen, como experiencia acumulada y convivencia con los compañeros. En este caso la brevet me ha servido para conseguir la homologación en esta distancia esta temporada, un requisito imprescindible para poder aspirar a la París-Brest-París, y sobre todo para experimentar un punto de vista diferente. Normalmente, en otras brevets soy yo quien tira del grupo y ayuda a quienes no van muy bien. Pero en este caso he jugado el partido desde atrás, siendo yo el que tiene que agradecer, y mucho, la ayuda de buenos compañeros como Agustín, Eduardo, Juan (en su aparición improvisada) y David. Muchas gracias al Pakefte.


Epílogo.
Escribo estas líneas en la noche del domingo, todavía con pequeños síntomas del virus estomacal que me atacó, y con un dolor intenso en la rótula derecha, que me hace cojear al caminar. La próxima distancia oficial será alguno de los 400, probablemente el próximo mes.

lunes, 23 de marzo de 2015

Brevet 200 - Vicálvaro - Fotocrónica

Esta sería la micro-crónica de la brevet de 200 km convocada por el GDC Pueblo Nuevo saliendo del barrio de Vicálvaro en Madrid. Normalmente es una brevet rápida y poco exigente, pero las malas previsiones meteorológicas hicieron que muchos no se presentaran a la cita. Otros pensamos que era una buena oportunidad para probar nuestro material de lluvia, y así estar preparados para lo que pueda acontecer en pruebas futuras, de mayor dureza y exigencia (sobre todo mental).


Así que unos 50 ciclistas tomamos la salida a las 8 h para internarnos en los valles del Jarama, el Tajo y el Tajuña, bajo una pertinaz lluvia que no llegó a ser muy fuerte pero sólo cesó a ratos.




El Pakefte estuvo representado por varios compañeros que acabamos haciendo la guerra por separado en pequeños grupos. Algunos animando desde sus casas, otros dándose prisa para no mojarse (Roberto y Agus), alguno que sólo hizo la primera parte hasta Aranjuez (Sebas) y algún otro que se incorporó a media ruta para separarse antes del final, regresando a casa por otros caminos (Marcin). 

Puede decirse que el núcleo más numeroso del Pakefte fue el representado por David y Jose, quienes hicieron entrada en meta con 9 horas y 37 minutos de tiempo total, habiendo invertido apenas 1 hora y 15 minutos en el total de paradas de la ruta, lo cual no está mal para los tiempos que solemos marcar, aunque se puede mejorar.

Y como este texto no pretende ser un relato detallado de la jornada (que se resume en mantener el equilibrio sobre el asfalto mojado, especialmente por los adoquines de Aranjuez), ponemos algunas fotos más de la jornada, a modo de fotocrónica:






 Album completo:

martes, 10 de marzo de 2015

Brevet 200 Algete-Atienza 28 de febrero de 2015


Lo primero que llamaba la atención al llegar al polideportivo de Algete es la cantidad de gente que había, no tengo datos, pero calculo unas 100 personas. Del Pakefte nos juntamos 5, Agus, Jose, Marcin, Josu y Jaime. Después del tramite de la inscripción salimos un poco por delante del gran grupo, pero al final de la calle del polideportivo paramos para que nuestros paparazzi hicieran las fotos de todo el grupo, así que acabamos los últimos, excepto Marcin y Josu que no pararon y ya no los vimos hasta mucho después.

Los 60 y pico kilómetros hasta Cogolludo pasaron entre conversaciones con unos y otros, dentro del grupo de los de Pueblo Nuevo, que nos llevaron a buen ritmo esa primera parte de la Brevet. En Cogolludo paramos poco, que era nuestra consigna para esta brevet, pero aún así Agus salió por delante con la excusa de que iba a hacer el molinillo y le cogeríamos pronto. Evidentemente no le cogimos hasta que se paró a esperarnos delante de una ermita muchos kilómetros después. En este tramo el paisaje pasó a ser impresionante, una sucesión de valles en los que entrabamos y salíamos con una sucesión de toboganes que hacen que este recorrido tenga más de 2600 m de desnivel en 214 km (según la organización, Strava daba 2783 m).

A 20 kilómetros de Atienza nos empezamos a cruzar con los que volvían, pero aún así no íbamos mal de tiempo. Llegamos a Atienza sobre la 1 y cuarto, 5 horas justas después de haber salido, sellamos y compramos algo de beber en la gasolinera para no entretenernos y salimos otra vez con Agus por delante. Nada más salir de Atienza tuvimos un tramo con un fortísimo viento en contra que nos recordó que no estaba hecho, quedaban 107 kilómetros por delante y mucho que pelear todavía. Así que allá íbamos, otra vez la sucesión de subidas y bajadas camino de Cogolludo que, aunque esta vez los cogíamos en sentido favorable, a mi se me iban haciendo duras. En este tramo, como en toda la Brevet, tengo que agradecer la compañía, la conversación y la rueda, cuando era necesario, de Jose, que estuvo ahí apoyándome todo el día. En realidad yo no estaba mal pero las subidas las tenía que hacer a un ritmo lento, pero a mi ritmo iba bien. Así que, sin pena ni gloria, llegamos a Cogolludo, donde vimos a Josu y a Marcin, que se iban cuando llegábamos nosotros. Aquí decidimos romper la norma que llevábamos de todo el día de parar poco y tomarnos un bocadillo de calamares, para conseguir llegar de noche, que íbamos pronto ;-)

Después del bocata partimos de Cogolludo de los últimos, o eso nos parecía a nosotros, aunque camino de Algete nos fuimos juntando con unos 20 ciclistas más, aunque con tantos kilómetros era difícil hacer grupo e íbamos en pequeños grupitos. Los últimos kilómetros fuimos encendiendo las luces aunque llegamos a Algete sin ser todavía de noche, a las 7 y cuarto.


En resumen, fue una gran Brevet, probablemente la más dura que he hecho, con una gran compañía, como siempre.


Los números fueron, según mi gps, strava difería ligeramente:

216 km, 9h49m en movimiento, 1h20m de paradas, las medias: 22.0 km/h en movimiento y 19.3 km/h total


Las 6 Tetas de Guadalajara - Edición 2015


Dice la tradición que el primer fin de semana de Marzo, al tiempo que la primavera se preestrena con sus almendros en flor, el Pakefte inicia la temporada oficial con la ruta de las Seis Tetas de Guadalajara, un clásico donde los haya. También es tradición que muchos miembros del Pakefte sucumban a la tentación de hacer kilómetros negros en las diferentes convocatorias apócrifas que se celebran en competencia con la ruta oficial. Por este motivo sólo seis aguerridos pakefteros se dieron cita en la estación de Azuqueca, punto de partida de esta edición de la ruta.

Se diría que un número tan redondo debería haber conducido a un democrático reparto de puntos en los diferentes altos, pero el ansia del globero puede más que la generosidad del randonneur; y así es como cada uno de los puertos se convirtió en una encarnizada lucha por alcanzar la gloria. El circuito se recorrió este año en sentido inverso al habitual, empezando por Guadalajara y Lupiana, para seguir en el sentido de las agujas del reloj, lo cual añadió algo de incertidumbre al resultado final, por el desconocimiento de las vertientes contrarias a las que se solían subir en años anteriores. El motivo de este cambio de recorrido no era otro que permitir romper el círculo y escapar por la esquina suroeste, para llegar directamente a Madrid con un pequeño plus de kilómetros. Así convertiríamos esta ruta en una mini-brevet. Además, la parte final de la ruta incluyó un tramo inédito, sustituyendo la subida al Pozo de Guadalajara por la no menos interesante de Pezuela de las Torres. Un buen hallazgo para futuras rutas.




Y así comenzó la etapa a eso de las 9 de la mañana a las afueras de Azuqueca de Henares, con bastante más frío del esperado, aunque sólo durante la primera hora. A medida que el sol se fue levantando, el calor llegó y la ruta se convirtió en un delicioso paseo primaveral, con momentos que llegaron a ser calurosos en la subida a alguno de los puertos.

Ya en la subida al alto del Sotillo, que corresponde con la cara oeste del tradicional alto de Lupiana, se produjo la primera lucha enconada entre los que iban a disputarse el premio de la montaña durante toda la jornada, formándose una escapada en cabeza que pronto se perdió de la vista de los demás. La victoria de Marcin al sprint frustró el tradicional arreón tempranero de Josu, pero la batalla no había hecho más que comenzar. El frío dejó paso a las buenas temperaturas que nos acompañaron el resto del día. En el alto se unió a nosotros Vicente ("Tito"), un amigo de Sebas que sólo quería compartir un tramo de algo más de diez kilómetros de la ruta. Después se desviaría en dirección a su pueblo.


Tras un apacible paseo por la vega se iniciaba la subida al segundo de los escollos montañosos del día, la Cuesta Pinilla, también conocida como Sitio del Rey, o "la Meralla". La tradición dice que esta subida debe ganarla cada año Juan, usando estrategias de dudosa ética. Pronto se formó una tripleta en cabeza, en la que tiraban con fuerza Marcin y Josu. A menos de un kilómetro para la cima, Josu lanzó un fuerte demarraje que le hizo ganar unas decenas de metros. Marcin, que ya tenía un puerto en su haber, hizo gala de aplomo para obligar a trabajar al tercero en discordia. Jose se vio abocado a salir en pos de Josu, para terminar rebasándolo y adjudicarse la cima, dedicando la victoria al ausente Juan, que esperamos nos acompañe en la próxima.

Josu, con dos segundos puestos, no quería resignarse a ser el perdedor de la jornada, por lo que se lanzó a un vertiginoso descenso hacia el valle del Tajuña, colocándose en cabeza con el firme propósito de vencer en el alto de Valfermoso, la subida más esperada de la jornada. Este cronista no puede confirmar ni desmentir la victoria de Josu en sitio tan ilustre, sólo constatar que cuando llegamos al alto ya estaban allí los demás ciclistas, y que en el bar de Valfermoso tampoco tenían tortilla de patatas este año. Nos conformamos con una tortilla francesa con jamon, mientras que otros se apuntaron al bocata de lomo o incluso de chorizo. Se echó en falta un vegetariano que compensara tales excesos.

Se cree que en la subida a Fuentelviejo venció Josu, para desquitarse de aquel placaje de sillín que realizó Juan Merallo cuatro años atrás, y que le privó de la victoria final en el puerto, pero bien podría haber vencido Marcin. Entre ambos quedó el secreto. La bajada nos descubrió un paisaje precioso, en una espectacular perspectiva, muy diferente de la que solemos disfrutar cuando hacemos el recorrido en el sentido clásico. Una breve parada en el pueblo de Renera permitió la escapada de Marcin, que se adjudicó los puntos en el alto de Renera, consiguiendo así la victoria matemática en la jornada, teniendo en cuenta que el último puerto sería neutralizado y sin asignación de puntos, porque el Pakefte se dividió en dos en el cruce de Aranzueque, no sin antes celebrar la despedida del grupo compartiendo unas barras de auténtico y genuino Turrolate de Priego de Córdoba, conocido como la "poción mágica" del Pakefte.

Mientras Marcin se dirigía hacia el Pozo para volver al punto de partida, los cinco supervivientes se arrastraron por un terreno llano hasta Loranca de Tajuña, antes de afrontar la subida a Pezuela de las [Altas] Torres, que bien podría denominarse "el Angliru de la Alcarria" o algo peor.

Un gabinete de crisis junto a la fuente de Pezuela nos hizo rediseñar lo que sería el resto de la jornada, con notables cambios sobre los planes iniciales. Antonio estaba dando serias muestras de agotamiento, por lo que quería dirigirse al transporte público más cercano. Sebas se ofreció a acompañarlo hasta la estación de tren de Alcalá de Henares. Nos despedimos de ellos y los tres despojos ciclistas que seguíamos empeñados en completar los planes iniciales enfilamos camino de Loeches, por una sucesión de lomas y falsos llanos que no esperábamos... ¿Pero no iba a ser terreno favorable hasta Velilla?

Era domingo por la tarde; en Loeches, Valverde de Alcalá y Torres de la Alameda no había ni un solo bar abierto. Por suerte encontramos una tienda de comestibles situada en un lugar pestilente de Torres, donde se daban cita todos los moteros y fumadores del pueblo. También vino un borracho que salió tambaleándose de su coche, camino de aquella tienda infame, al parecer el único sitio abierto en varios kilómetros a la redonda. Josu se pidió un bocata gigante. Para poder manejarlo tuvo que dividirlo en tres grandes trozos. Pepe y Jose no tenían hambre y esperaron pacientemente mientras veían cómo el sol se iba acercando al horizonte, a medida que Josu avanzaba hacia el final de su bocadillo. Preocupados ante la posibilidad de que anocheciera antes de llegar a Rivas, reanudamos la marcha a un ritmo vivo y conseguimos cruzar el Jarama sin demasiados contratiempos, pese a que el tráfico motorizado se iba incrementando y ya resultaba notablemente molesto.

Los tres supervivientes ascendimos lo más dignamente que pudimos la tradicional cuesta del Cristo de Rivas y entramos a Vicálvaro con luz de día. Una jornada un poco dura pero muy satisfactoria por la distancia acumulada y la inmejorable compañía. Recorrimos unos 150 kilómetros con un promedio de algo más de 19 km/h. No podemos precisar más porque el GPS murió a mitad de ruta. Fue una jornada de ciclismo pakeftero auténtico.


Todas las fotos de la jornada en el siguiente álbum: